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viernes, 8 de marzo de 2013

LAS GEMELAS (2º PREMIO "MINIRELATOS POR LA IGUALDAD")



Minirelato premiado con el 2º Premio del Concurso "Minirelatos por la Igualdad 2013" Ciudad de Alcobendas.
 
Todo empezó con el nacimiento de las gemelas. Ella se empeñó en tener niños. Yo quería esperar un poco más. Disfrutar más de la vida en pareja. Me medio convenció. Pero la verdad es que pensaba que todo tardaría mucho más. Que nos llevaría mucho más tiempo que se quedara embarazada.

Dos niñas al mismo tiempo es demasiado. O al menos eso dicen. No tengo con qué comparar. Lo mío fue dos a la vez y a tirar para adelante. Ella se agobió mucho. Se deprimió. Yo estuve desde el primer momento a su lado. Pero se derrumbó. Las malditas hormonas o yo qué sé. Y ya nada fue igual. Nada. Comenzaron las peleas. Y toda nuestra alegría se fue.

No es fácil intentar salvar una relación entre llantos y más llantos de bebés. No se pueden aclarar ciertas cosas mientras estás cambiando pañales y preparando biberones. Las conversaciones se quedan a medias. Sin acabar. Sin concluir. Al final todo suena  a reproche. Y poco a poco se va llenando el vaso. El que yo tenía enfrente estaba ya casi medio vacío. Pedí que me lo llenaran, pero Mariví, la camarera, me dijo que ya había bebido suficiente. Me había visto derramar mi amargura por su barra durante toda la tarde. Tenía el alma empañada como el cristal de aquel vaso, al que la espuma le dibujaba formas extrañas, como extraño era aquel dolor que sentía en lo más profundo de mí.

Caprichos de la vida, había sido en aquel bar donde nos habíamos conocido. Una amistad común nos presentó y no pude dejar de mirarla en toda la noche. Ella no pareció mostrar demasiado interés por mí. Bueno, sí que lo mostró, pero esa era, precisamente, su manera de comportarse con alguien que le gustaba. Hacerse la huidiza. Vigilar por el rabillo del ojo sin que se notase. Coquetear por aquí y por allá. Para que yo, finalmente, acabara diciéndole que me gustaba como se movía, como se colocaba el pelo cuando le caía hacia la cara y que, a esas alturas de la noche, ya había hablado con todo el bar menos conmigo y sabía que lo había hecho porque a mí me reservaba para el final, para lo mejor de la velada. <Vamos afuera –dije- y me lo cuentas al oído, que aquí hay mucho ruido>. Ella rió, con aquella risa que solo ella sabía poner, y se cogió de mi cintura. <Tienes poderes adivinatorios, me tendrás que leer el futuro>. Salimos del bar y ya no se volvió a soltar de mi cintura hasta que nacieron las gemelas y, entonces, ese futuro se nos cayó de la cintura, como un “hula-hop” cuando dejas de contonearte y rodea tus piernas hasta tocar el suelo.

Mariví me dijo que ya era hora de que volviera a casa.

-          Eso ha dejado de ser una casa hace ya tiempo - le respondí.

Ella me agarró del brazo y me dijo que Alicia y yo éramos la pareja ideal, que todo el barrio nos envidiaba. Que las dos éramos guapísimas. Y que no había más que vernos para darse cuenta que estábamos echas la una para la otra.

-          Lucha por ella, Rosi. Lucha. Nadie ha dicho que vivir en pareja sea fácil. Pero si no lo intentas, siempre te lo vas a reprochar. Si yo hubiese luchado por Marga, quizás no hubiese vuelto con su novio. En aquel momento pensé que para nosotras todo es diferente. Pero no. ¿Sabes?. Todo es exactamente igual. Tenemos los mismos problemas y cometemos los mismos errores que las parejas “hetero”. Si una mujer echa a su marido de casa, todas levantamos el puño, en nuestro interior, por la batalla ganada. Si una mujer echa a su mujer de casa ¿Quién gana y quién pierde? ¿Por quién de vosotras dos tendré que levantar el puño?.

No tenía ni idea de la respuesta pero tampoco quería averiguarla. Le pedí un cigarrillo y que me apuntara la cuenta. Me había dejado el bolso arriba, tras el portazo, enganchado entre nuestros gritos. Salí a la calle. Tampoco tenía fuego. No era hora de fumar. Era la hora de hablar con Alicia e intentar arreglar lo nuestro. Si no por nosotras, sí por las gemelas. Como decía Mariví, éramos igual que el resto de las parejas. Habría que intentar mediar, aunque solo fuera por las niñas. Habría que esperar a que se evaporaran los efluvios de nuestras broncas y las burbujas de nuestra nueva vida en el rol de “madres”. Y ver si la espuma volvía a dibujar corazones en aquel vidrio mojado del vaso que era nuestra historia de amor.

Meses después, las cosas se enderezaron y decidimos aumentar la familia. Quedé embarazada. Había confesado a Alicia que estaba celosa por su maternidad. De su vínculo especial con las gemelas. Eran mis hijas, por supuesto. Uno de mis óvulos había sido fecundado e insertado en su útero. Pero yo no las había sentido dentro de mi vientre. Ella las había parido. Posiblemente por eso, cada vez que alguna enfermaba buscaba refugio en ella y no en mí, su malestar solo encontraba realmente sosiego si Alicia era quién atendía sus quejas y su necesidad de mimos. Tenía razón Mariví. Teníamos los mismos problemas que las parejas de heterosexuales. Nuestras peleas tenían un origen similar al del “resto” de parejas. Los hombres se sienten internamente celosos del éxito femenino. Pero, en este caso, por suerte, había alguna diferencia. Ambas llevábamos en nuestro vientre el milagro de poder dar vida. Pude satisfacer mi ego y dimos un hermanito a las gemelas.

Por cierto, yo también pasé mi depresión post-parto pero Alicia fue un encanto y enseguida volvimos a disfrutar de nuestra vida en pareja y nuestra armonía familiar.
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Minirelato premiado con el 2º Premio Concurso "Minirelatos por la Igualdad 2013" Ciudad de Alcobendas.