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lunes, 14 de enero de 2013

ESTACIONES Y REFRANES

Mientras estoy, como la “Penélope” de Serrat, en un banco del andén de la estación, viendo pasar  los trenes; miro mi billete y consulto la hora qué es en el reloj de la estación. Parece que tarda mi tren. Debe de haber algún retraso. Me digo que no debo de preocuparme, que todo llega a su debido tiempo. Justo cuando tiene que llegar. Ni antes ni después. Así que, aprovecho a leer un libro, hacer anotaciones, escribir ideas y sobre todo, sobre todo, a observar el trasiego y los detalles de las pequeñas cosas diarias y cotidianas.

Sentado en un banco se tiene otra perspectiva de las cosas. La quietud ayuda a enfocar el zoom y no quedarse solo con la imagen, rápida y fugaz, con la que nos solemos quedar cuando vamos como locos de acá para allá. El trasiego diario nos desenfoca. Algunos pierden la óptica completamente. No les queda ninguna foto de calidad en la memoria. No tienen más que instantáneas movidas. Al intentar componer el álbum de su vida nadie puede seguir un orden lógico. No llega a ser ni un "collage" desordenado. Ni siquiera eso. Su álbum se va con ellos y eso es lo peor que le puede pasar al recuerdo.

Veo pasar vagones y más vagones llenos de gente. Llenos de personas apretujadas, con la mirada perdida en el infinito, que no se miran siquiera. Están pegados unos a otros, como sardinas en lata. Se tocan pero no se sienten. No queda hueco ni para el aire entre unos cuerpos y otros. ¡Están tan juntos y tan lejos!. ¡Tan a años luz de distancia unos de otros!. Repiten ese trayecto cada día, durante años, quizás décadas. Pero nunca se miran. Nunca repararán unos en los otros. Ninguno estará en el álbum de fotos del individuo de al lado. A pesar de pasar más tiempo físicamente incluso que con sus familias o amigos.

Cuando se abren las puertas de los vagones, al llegar a la estación, se aprietan, aún más si cabe, unos con otros, intentando no caer al andén. Todo el trayecto ha sido total silencio hasta ese instante en que comienza la apertura de las puertas. Pero tampoco hablan mucho más. Solo se oyen los gritos lastimeros de los que caen y la alegría muda de los que consiguen subir y ocupar su lugar.

Por desgracia, son más los que caen que los que consiguen subir.

Los que han salido de los vagones (mejor dicho: los que se han caído, porque nadie quiere salir voluntariamente, a pesar de que el aire es irrespirable dentro) buscan un sitio donde recobrar el aliento. Ha sido una travesía dura. Pero nadie quiere perder el tiempo en lamentos. Todo el mundo intenta coger posiciones para subir al próximo tren. Los recién llegados preguntan a los otros cuánto llevan esperando. Si pasan muchos trenes y, sobre todo, cuál es la mejor taquilla para comprar los mejores asientos. Pero pocos responden. Nadie quiere perder su sitio por un descuido. Nadie quiere perder un ápice de atención y por consiguiente su turno por charlar con los recién llegados.

De entre toda esa marabunta se ve de vez en cuando a algún individuo con la cara totalmente pálida, desencajada y con gesto incrédulo. Se sube rápidamente la solapa del abrigo, para que no le reconozca nadie, y se escabulle entre la multitud, buscando un refugio seguro lejos del resto. Intentado no rozarse con nadie. No pregunta. No mira. Y no habla porque no le salen siquiera las palabras. Sin darse cuenta, está cometiendo un grave error: Se aparta tanto del resto que queda muy lejos de la vista de las vías.

La red de ferrocarril es peculiar. A diferencia de los aeropuertos, en los trenes todo el mundo accede a los vagones por los andenes. No hay salas VIP para esperar. No hay distinción de pasajeros y todos suben al mismo tiempo. Existen vagones de diferentes categorías. Pero para entrar al tren hay que pasar por un lugar común. Eso es algo bueno, bajo mi punto de vista. El humo de la locomotora se mete en la pituitaria de todo ser humano, sin distinción de castas o clases sociales. El carbón huele a carbón para todos los vagones.

Pero esos, que se esconden del resto y que no saben dónde meterse, tras quitarse el aturdimiento del duro golpe contra el pavimento del andén, son aquellos que viajaban en primera clase y miraban por encima del hombro al resto. Son aquéllos que torcían la vista y, con un mohín altanero, mostraban su desprecio un par de estaciones antes por el pasajero de enfrente, sin saber siquiera de dónde venía o hacia dónde iba. Y mas aún con el viajero que ocupaba otro asiento similar al suyo, pero en el tren de enfrente, y en un vagón de menor categoría. Que hacía el camino de ida, o tal  vez de vuelta, ¡Y que más da!!! Podría ser alguien que quizás volviera de dónde nunca debió ir. O alguien que, tan solo, descubrió que en los vagones de primera no se asegura la felicidad. Y prefiere viajar con un billete más económico y en un tren más lento, que le permita ir haciendo fotos, de los variados paisajes que adornan la red ferroviaria, para tener un álbum lleno de detalles y un día cuando se apeé del tren poder hojearlo y sentir que el viaje ha valido la pena.

Son ese tipo de personas incapaces de aceptarse parte del grupo, que espera un nuevo tren, y calculan por dónde parará un nuevo vagón de primera para no juntarse con la "chusma" que abarrota el andén.

Lo que no saben es que a los vagones de primera no se puede acceder directamente desde el andén. Solo puede llegarse a ellos a través de otro vagón previa acreditación ante el revisor de turno.

Los que son empujados de los vagones de la clase más alta salen disparados directamente por la ventana de emergencia. Dentro alguien se afana en estar aún más gordo y más ancho y se estira todo lo que puede, se frota las manos, y sacude su horondo trasero para ocupar también la plaza del desgraciado que ha salido disparado por la ventana. Alguno, incluso, con tan mala fortuna que cae a la vía directamente. Allí se encuentra con el horror de la cruda realidad. Las vías están infectadas de cadáveres. Solo alguien con sangre fría, capaz de hacer de tripas corazón y con fuerza para reptar, con sigilo y rapidez, antes de que arranque el tren, es capaz de alcanzar el andén y salvar su pellejo. De los que no lo consiguen nadie vuelve nunca a saber nada más.

Estos tipos, que intentan pasar de total incógnito, llevan las manos dentro de los bolsillos como rebuscando algo para salir indemnes de la situación. Pero por regla general en los bolsillos de los viajeros de primera clase se suelen guardar frases como: “Dime con quién vas y te diré quién eres”, “El pez gordo se come al chico” o  “Riqueza acumulada genera orgullo”.

Comienzan a pensar que más les valdría tirarlas para cambiarlas por otras más acordes a su nueva situación. Por ejemplo: "De rico a pobre pasé y sin amigos me quedé”, “La avaricia es la pobreza del rico” o “Si eres escrupuloso, no esperes ser muy rico ni muy famoso“.

Si se quitaran el abrigo y le dieran la vuelta, caerían en la cuenta que otros viajeros les pegaron en la espalda, cual monigote de inocente-inocente, notas como: “Del pan de los pobres muchos ricos comen”, “Dale a los ricos lo suyo y a los pobres lo tuyo” y “A Dios rogando y con el mazo dando”.

A mí se me ocurre que más les hubiese valido haber conocido eso de “Nunca digas de esta agua no beberé”, “Arrieros somos y en el camino nos encontraremos”, “Quien siembra vientos, recoge tempestades”, “Donde las dan las toman”, “A todo cerdo le llega su San Martín” o “En este mundo hay muchas clases de personas, pero pocas personas con clase”.

Es curioso. Pero justo, mientras escribo estas notas, acabo de ver pasar un tren en el que no había silencio, en el que algunos golpeaban las ventanillas pidiendo a gritos salir. No ha parado. Llevaba una corona fúnebre y un crespón negro en el último vagón. El compañero, que está sentado a mi lado en el banco, comenta que no llevaba conductor. Dice que parece ser que hay huelga de ferroviarios. Que algunos trenes se desvían hacia una vía muerta. Sobran pasajeros en este mundo y algunos se han quedado atrapados en trenes antiguos y obsoletos que a los gobiernos no les interesa reparar. Las vías de alta velocidad están tomando el relevo. Para los trenes que no se adaptan no hay más viajes. No hay tiempo para que los viajeros se bajen porque nadie se tira del tren en marcha y además no hay sitio para todo el mundo en los andenes.

Mi vecino de banco comenta que mejor sería invertir en agrandar los andenes de las estaciones en lugar de mejorar las vías o inventar mejores trenes. Somos víctimas de las tecnologías.

<¿Has visto? – me dice – ahora casi todo el mundo viaja oyendo su mp3, su I-Phone o mirando su tablet. Ya nadie habla con el pasajero de al lado. Yo conozco al ferroviario que tenía asignado ese tren – añade, mirándome muy fijamente a los ojos -. Ahora le han dado otro convoy más moderno. Es un tren con piloto automático. Solo tiene que simular que lo conduce. Este hombre no hace mucho viajaba en otros trenes en primera clase, pero se dio cuenta que si se hacía ferroviario los que fabrican los trenes le darían uno solo para él>. 

<Tuve suerte. - continua - Yo viajaba en él y me pude bajar con la maleta en una estación anterior, antes de que el susodicho dejara la cabina vacía y con todos los pasajeros dentro de los vagones a su suerte. La mayoría va dentro con todo lo que tiene en esta vida. Su destino es horrible.> 

Le pido, que por favor, me cuente la historia del tren que acaba de pasar.

<Empezó como un tren regional, con su locomotora a vapor, que transportaba personas e incluso ganado, pero cuando lo modernizaron todo cambió. Le añadieron otros vagones de otros lugares. Se hizo un tren de larga distancia y le cambiaron el nombre. Le pusieron uno con aire extranjero con una letra “K” en el medio y todo, sonaba como ruso o algo así. Pero cuando aquello pasó, ya para entonces su conductor hacía un rato que miraba para otro lado. El guardagujas ya había cambiado su destino y por mucha modernidad el tren estaba sentenciado a una vía muerta, aunque seguía recogiendo viajeros en las estaciones>.

Me enseña una foto, que saca de su cartera, <Esta es mi familia – continua -. Hemos quedado en el parque que hay aquí al lado para dar un paseo>.  Le respondo que creía que ya nadie paseaba por los parques y que ahora todo el mundo va a centros comerciales. Sonríe y, mientras se levanta, se frota las manos. <Está siendo un invierno duro, ¿verdad?>.

Asiento con un movimiento de cabeza.

<¿Le importa si nos hacemos una foto juntos?. Es para mí álbum> - Me dice.

Le digo que por supuesto, pero que siempre que nos hagamos otra con mi cámara después.

<¿Sabes? – me dice, mientras nos estrechamos la mano – Antes de conducir el tren de cercanías ese señor también dirigía uno que hay de exposición en la estación Central. Fue construido con el dinero de todos los viajeros del mundo. Era un prototipo para usarlo como patrón de los que circulan realmente, como ejemplo de tecnología y modernidad. Poco después alguien lo vió circular por la vía opuesta y saltarse algún semáforo en rojo. Llegaron a la conclusión que no servía para la circulación. Ahora solo adorna.

Entre ese individuo, el que cayó del vagón de primera, y entre el ferroviario, el que conduce ahora medio dormido el tren moderno de alta velocidad, solo hay una diferencia. Al primero le dieron la espalda sus padrinos y al otro no. Supo como cambiar de tren en el momento exacto y que no se diera cuenta el Jefe de Estación.

Ambos piensan que son de una estirpe superior y que están por encima del bien y del mal. Mala suerte para el que se ha caído del tren esta mañana. Nadie se apiadará de él. Porque se ha quedado sin amigos >.

Nos deseamos suerte y nos despedimos con un abrazo.

Al volverme a sentar me doy cuenta que mi, ya ex compañero de banco, se ha dejado el diario del día. Lo hojeo sin demasiado interés, pues a veces trae noticias tan envenenadas que hasta quema tocarlo. No me equivoco y leo: 

Rodrigo Rato, nombrado asesor de Telefónica para Latinoamérica y Europa.

¡Ahhhhhhhhhhhhh!!! Ya lo entiendo..... La “K” era la de Bankia!!!. 

El FMI reconoce el "error" al valorar el impacto de la austeridad en Europa.
No entendieron que frenaría el crecimiento.

¡Claaaaaaaaaro esto era lo del tren mundial!!!.

Tras noticias como estas, no me viene otra frase a la cabeza que no sea el famoso dicho:

“Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.

Los ferrocarriles al final ponen a cada uno en su sitio menos a los que tienen padrino.